Influencia Social

"Los héroes son los que de alguna manera pueden resistir el poder de la situación y actuar por motivos nobles, o se comportan de manera que no hacen degradar a otros cuando fácilmente pueden"

Las Neuronas

"Es preciso sacudir enérgicamente el bosque de las neuronas cerebrales adormecidas; es menester hacerlas vibrar con la emoción de lo nuevo e infundirles nobles y elevadas inquietudes". Ramón y Cajal

El cambio "Duele"

"La curiosa paradoja es que cuando me acepto a mi mismo puedo cambiar".Carl Rogers.

Inteligencia Emocional

"La infancia y la adolescencia constituyen una auténtica oportunidad para asimilar los hábitos emocionales fundamentales que gobernarán el resto de nuestras vidas" Daniel Goleman

Nuestros pensamientos

"Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado; está fundado en nuestros pensamientos y está hecho de nuestros pensamientos". Buda

domingo, 16 de agosto de 2015

¿Cómo es tu pensamiento? Atrévete a descubrirlo...

 El estímulo visual atraviesa la córnea, la pupila y, a través del cristalino, es proyectado en la retina. A partir de ahí se produce la conversión de la imagen en un impulso eléctrico a través de los fotoreceptores retinianos (conos y bastones) que envían las señal a través del nervio óptico hasta nuestro cerebro, quién nos hace consiente de dicho estímulo visual. Imagínese el lector el nervio óptico, instaurado en la retina, como un canal hueco por donde va a circular la señal nerviosa. En este canal no hay fotoreceptores, por lo tanto un fragmento de la imagen visual, del estímulo, no es procesado; es lo que se conoce como Punto Ciego. Sin embargo, no somos consciente de este fenómeno por dos motivos. El primero, porque tenemos dos ojos, con dos nervios ópticos, con dos Puntos Ciegos, pero que no se solapan, por lo que la pérdida del fragmento de visión de un ojo es suplida y compensada por el otro. Por lo tanto para ser conscientes del fenómeno tendríamos que taparnos un ojo. El segundo, y el más increíble, porque nuestro sabio cerebro es capaz de “rellenar los huecos” carentes de información visual. ¿Esto quiere decir que nuestro cerebro puede estar construyendo nuestra realidad? Pruébalo aquí. Si te fijas y haces el primer ejemplo, el círculo negro desapareció, pero en lugar de ver un espacio desprovisto de información tu cerebro lo completó con la información que disponía, el blanco del fondo de la imagen.

*

¿Sabrías decir con exactitud donde estabas hace justo un mes a las diez de la noche? Seguramente no, a no ser que en ese preciso momento estuvieras siendo partícipe de una situación emotiva y muy significativa. Pero, ¿podrías decirme dónde estabas el día 11 de septiembre de 2001 a eso de las 15:00 horas? Seguro que sí. Seguro que podrías indicar exactamente qué estabas haciendo, dónde te encontrabas, con quién y algún que otro detalle. Pero, ¿estás seguro de ello? ¿Totalmente seguro?

A partir de los sucesos del 11S, y sobre todo después de que con el tiempo, y a partir de sucesos de la magnitud de los acontecidos esa mañana en New York, la aseveración de que todos podríamos recordar con especial lucidez y precisión un acontecimiento de forma inequívoca y veraz si éste era lo suficientemente emotivo y significativo gozara de gran solidez, a partir de todo esto, se comenzó a estudiar la memoria desde una nueva perspectiva, lejos de la que se había estudiado hasta el momento. Hasta ahora se habían estudiado los procesos de consolidación y recuperación de la memoria y la pérdida de ésta, el olvido, debido a procesos degenerativos como la edad o algunas enfermedades neurológicas como el Alzheimer. Los recuerdos no son fijos e inalterables, aun cuando tengamos una imagen vívida en nuestro cerebro de un suceso determinado.

Cuando evocamos un recuerdo lo hacemos desde una determinada perspectiva, en función de características que tienen que ver con el instante exacto de la evocación de ese mismo recuerdo. El recuerdo se “extrae” de nuestra memoria, se hace presente de una determinada forma, en función, por ejemplo, del estado anímico del momento, de la situación y el contexto en el que nos encontramos en ese preciso momento y, posteriormente, se vuelve a almacenar en nuestra memoria a largo plazo; pero esta vez los detalles del recuerdo se almacenarán según lo hemos evocado. Es decir, cada vez que recordamos un suceso o un evento lo moldeamos según el contexto y el estado anímico presentes en el instante de la evocación y éste, el recuerdo, se vuelve a almacenar de esta nueva manera, modificado sutilmente, moldeado a “nuestro antojo”.

Elizabeth Loftus, una científica que dedicó largo tiempo de su vida al estudio de los recuerdos falsos, realizó un experimento tras un penoso incidente que ocurrió en una escuela.

Un adolescente entra armado en un colegio de Estados Unidos y el patio del mismo comienza a disparar a escolares indiscriminadamente, matando a decenas de ellos. Tras el fatal accidente se recogen los testimonios acerca del suceso de los allí presentes y las narraciones quedan archivadas para la investigación. Estas narraciones se utilizaron para comprobar la vulnerabilidad de los recuerdos y cómo estos eran modificados con el paso del tiempo. Lo recuerdos no son fiables, pues los modificamos a cada instante, con cada evocación del mismo.

Cuando, después de los años, se les preguntó a los testigos que aquella tarde narraron el suceso para que la policía realizara la investigación del trágico incidente, por lo que allí aconteció, Loftus descubrió que lo que los testigos recordaban nada tenía que ver con lo que ellos mismos contaron a la policía aquella tarde. Lo sorprendente es que algunos contaban haber presenciado el incidente, cuando la versión que dieron aquel día es que oyeron los disparos desde dentro del edificio. El paso del tiempo hace que el recuerdo pierda sustancia, que los detalles se pierdan, se esfumen en algún rincón de nuestro cerebro, y éste, en pos de nuestra comodidad, buscando siempre la congruencia y la continuidad, rellena los huecos de la forma que más nos conviene para mantener un ideal acorde con nuestro sistema de creencias como en el ejemplo que a continuación detallo.

Conocí a J. hace unos cinco años en un sector de escalada. Supongo que hacía calor, o eso “creo” recordar. Ese día había bastante gente en "El Corral" (nombre de esa zona de escalada deportiva de la Sierra de Grazalema, Cádiz), y allí, junto a mí, se encontraba J., una chica delgada con una sonrisa bastante divertida. Yo llevaba por entonces diez años escalando, J. tan solo uno. Nuestro primer encuentro en la vida comenzó con un intercambio de impresiones sobre la correcta colocación de un dispositivo de seguridad que se utiliza en escalada. Yo decía una cosa, ella decía otra. Cada cual con sus argumentos, seguro de sí mimo.

Ayer J. y yo hablamos, por primera vez en estos cinco años, de aquel momento. Fue increíble cómo cada uno de nosotros recordaba aquel instante. La versión de J. es que yo, con aires de prepotente, “chulito” y osado, le dije que el dispositivo de seguridad estaba mal colocado. Mi versión, cultivad en estos años es que me dirigí a ella con estas palabras: “Perdona, creo que el Cinch (así se llama el aparato en cuestión) está mal colocado”. El intercambio de opiniones fue absurdo, pues ambos teníamos razón y el aparato se podía utilizar de cada una de las dos formas a la que nos aferrábamos con uñas y dientes.

Es cierto que estábamos allí, que intercambiamos impresiones sobre la colocación del Cinch. Del mismo modo, es cierto que ambos nos fuimos de allí pensando que el otro era un arrogante y un desconsiderado, pero los detalles…. Los detalles se esfuman con el tiempo pues son, generalmente, sesgados por nuestros sistemas de creencias, por el contexto, por nuestro estado de ánimo en el momento preciso del suceso y por cada una de las veces que hemos evocado esa situación determinada, ya sea contándoselo a un amigo o simplemente rememorándolo inconscientemente cada vez que J. y yo nos hemos ido encontrando en estos cinco años. ¿Quizás J. piense hoy que fui un prepotente, más de lo que pudiera haber sido, debido a que ella me ha visto como tal en posteriores situaciones? Quien sabe. Lo que sí es cierto es que ayer J. y yo echamos unas risas y que, seguramente, a partir de la conversación de ayer, nuestro recuerdo de aquella tarde se altere de alguna u otra forma.

*

Dos ejemplos de cómo nuestro cerebro construye nuestro mundo, nuestra realidad. ¿Cómo es el mundo realmente? ¿Como lo percibimos o tiene una realidad intrínseca? ¿Es realmente ese rojo tal como yo lo percibo? ¿Acaso existe el rojo? ¿Quizás esa es la razón de que tú veas ese coche amarillo y yo verde? Si nuestros recuerdos no son tal y como creemos, si nuestro cerebro “rellena” los vacíos de nuestra visión, de nuestra memoria, si nuestro cerebro, a fin de cuentas, construye la realidad, ¿por qué la inflexibilidad de pensamiento, las mentes cuadriculadas, los sesgos confirmatorios, la falta de pensamiento crítico y, a consecuencia de éste, la falta de pensamiento creativo?

“La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. En los momentos de crisis la imaginación es más importante que el conocimiento.
Albert Einstein”

Para tener una mente creativa hace falta disponer de un pensamiento crítico, y para poseer un pensamiento crítico hace falta tener una mente reflexiva, capaz de flexibilizar ideas, de objetivar, de observar el mundo desde diferentes perspectivas y ser capaces de tener en cuenta los mecanismos de los que dispone nuestro cerebro para economizar energía, optimizar recursos y hacernos la vida más “fácil”. Es en la educación donde se transmite la inquietud de conocimiento, y es en mentes educadas donde se sucede la posibilidad, por ese afán de conocimiento, de flexibilizar ideas y de incidir en la objetividad en pos de acercarnos lo más posible a una realidad que siempre va a estar sesgada; y ahí es donde radica una mente inteligente, en la capacidad de soslayar cada uno de los sesgos, de percibir y comprender que al igual no nos creemos todo aquello que leemos, vemos u oímos, no es cierto todo lo que nuestro cerebro nos dicta, pues este construye un modelo de realidad en pos de optimizar recursos, como hemos dicho antes. Educación para fomentar las ganas de adquirir conocimientos, para enriquecer nuestras mentes, y así se hacen flexibles, moldeables a lo nuevo, engrasándose ésta, enriqueciéndose, permitiéndose crecer, salir del mundo subjetivo donde nuestro cerebro quiere llevarla. Así conseguiremos un pensamiento crítico que, posteriormente, tendrá la capacidad de ser creativo, esto es, tener la capacidad de enfrentarse a la resolución de problemas de una forma eficaz y madura y solvente.

*

A mediados del siglo pasado, Leo Festinger, postuló la teoría de La Disonancia Cognitiva. Ésta afirma que cada vez que existe una incongruencia entre nuestros sistemas de creencias y nuestras conductas se crea en nosotros un estado de incomodidad que nuestro cerebro tratará de elucidar. No estamos preparados para vivir con incongruencias. Ante éstas, y en pos de la búsqueda de armonía y  concordancia, podemos utilizar dos mecanismos: la racionalización o la revisión.

La racionalización, unos de los mecanismos de defensa propuesto por Freud a principios de siglo pasado, es un mecanismo por el cual el individuo argumenta y justifica sus acciones de tal forma que erradique la incongruencia a la que hacíamos mención. Es decir, ante la incongruencia entre lo que cree , entre sus ideales, y lo que hace no cambia su sistema de creencia, sino que justifica, excusa, su conducta, creyéndosela (esto es importante), para así mantener intacto su sistema de creencias. Festinger se introdujo en una secta en la que tenían la fiel creencia de que un día determinado de noviembre de ese año acabaría el mundo. Todo comenzaría a las 00:00 horas de ese día con unas lluvias torrenciales, la primera señal del apocalipsis. El bueno de Leo tenía curiosidad por saber qué argumentarían cuando nada ocurriera esa noche. ¿Racionalizarían o revisarían sus creencias? Cuando Festinger, y todos los medios de comunicación que allí se dieron cita, preguntaron a los integrantes de la secta sobre lo que había, o mas bien no había ocurrido, quedó sorprendido: “Dios nos ha salvado, ha salvado a la humanidad, nos ha perdonado, gracias a nuestros rezos y nuestra entrega”.

La revisión, es una evaluación de nuestros sistemas de creencias. Redirigirla, modificarla si es preciso cuando se dispone de argumentos suficientes que refutan la creencia actual. Los miembros de la secta, al ver que no había ocurrido nada de lo que se vaticinaba, podrían haber dejado de creer.

La racionalización es una excusa, vaga pero inconsciente, por lo que puede llegar a fortalecerse, sobre todo cuando está en juego nuestro sistema de creencia, sobre una conducta que no es consonante con nuestra creencias. La revisión, por el contrario, requiere humildad, un pensamiento crítico, la intención de mejorar, de acercarte más a la realidad, a la subjetiva objetividad de un mundo que está alterado por un cerebro cómodo, aunque al miso tiempo moldeable. De nosotros depende como modularlo y afinarlo, aunque cuanto más nos aferramos a nuestras creencias más difícil es darle forma, hacerlo flexible. Por eso la importancia de que sea en los primeros años de vida cuando tratemos de formar individuos flexibles, críticos y creativos y, por ende, resolutivos, ambiciosos, con opinión, con criterio y con la capacidad intrínseca y cultivada de afrontar las crisis venideras.

Como hemos visto en los ejemplos de la visión y la memoria, nuestro cerebro crea nuestra realidad, nuestro mundo, y la percepción que de él tenemos. Quizás cada uno nos creamos nuestra verdad, pero quizás también exista una realidad, algo “subjetivamente” más objetivo, una visión más genérica y global sobre una idea. También hemos visto los mecanismos que tratan de modificar nuestros sistemas de creencias o nuestras conductas para que exista una armonía y una concordancia entre ambas. Pero para todo ello, para posicionarte alá donde quieras, pues de ti depende, ahora sabes cuales son las condiciones necesarias si quieres posicionarte en el lado que creas correcto. Una mente flexible, un pensamiento crítico te llevarán a poseer una mente creativa.


Rompiendo una lanza a favor de Descartes, y su concepción (nada compartida por la ciencia actual pero que he querido utilizar aquí de forma metafórica) distintiva entre cuerpo y mente, tu cerebro crea tu realidad, pero tú eres quien decides en qué lugar de esa realidad permanecer.

lunes, 10 de agosto de 2015

Evolución: altruismo y egoísmo en la era de internet y las redes sociales

Como dormir y soñar, como comer y reír, como llorar; si nuestro organismo lo hace es porque adquirió importancia evolutiva. Los recursos son limitados; por tanto, nuestro organismo, impulsado por nuestro cerebro, no realiza ninguna acción sin significación evolutiva, para permitirnos adaptarnos de la mejor forma a nuestro medio ambiente, garantizando así nuestra supervivencia.

De esta forma surgió, entre otras muchas cosas, la cooperación, el altruismo recíproco, la acción de ayudar al prójimo porque de esta forma garantizamos, o eso creemos, que vamos a recibir el mismo trato cuando lo necesitemos. Hasta Buda así lo dijo, el altruismo puro no existe, porque aunque no se espere nada a cambio de la otra persona sí que esperamos sentirnos bien con nosotros mismos. Realizo una buena acción porque espero sentirme moralmente bien una vez realizada ésta. Un ejemplo muy claro es el que nos puso un profesor de psicología social en mi primer año de carrera. Estás en el autobús, no quedan asientos libres y tú estás ocupando uno. Entra una mujer embarazada y le ofreces tu asiento. Ella lo acepta, pero no te das las gracias. Te quedas molesto. “Hay que ver que no me ha dado ni las gracias”. Esperabas esa gratificación por su parte, esperabas algo a cambio (y por lo menos esperabas sentirte bien moralmente).

El altruismo, y la cooperación entre iguales, e incluso entre miembros de diferentes especies, surgió de forma evolutiva. Éramos más capaces si uníamos nuestras fuerzas para cazar un mamut, eso garantizaba o facilitaba, cuanto menos, nuestra supervivencia. Si yo hoy te ayudo a ti, quizás mañana tú estés para cuando te pueda necesitar. "Todo" es evolutivo. Numerosos estudios revelan, por ejemplo, que las mujeres son más capaces de desconectar su cerebro durante la cópula que los hombres. Esto es porque el hombre necesitaba permanecer más atento en caso que, mientras realizaban el acto sexual, un depredador irrumpiera en el lecho amoroso de cualquier caverna “de carretera”. Como el miedo, como el enamoramiento, como el asco, como el sudor que humedece tus manos cuando te enfrentas a algún peligro, "todo" es evolutivo. Si nuestro organismo lo hace es porque tiene un significado, de cualquier otra forma no invertiría recursos energéticos en ninguna de sus acciones.

Debemos asumir esta idea, la idea de que todas las conductas que realiza nuestro organismo tienen un significado evolutivo y que todos los cambios se originaron para garantizar nuestra supervivencia en un mundo lleno de peligros. Seguramente Lucy, “La Madre Ancestral de la Humanidad” caminaba ya erguida porque “descubrieron” que podían disponer de otra fuente de alimentación diferente a la que encontraban en los árboles que, seguramente, comenzaron a escasear. Ese fue el primer paso, bipedismo para buscar alimento y trepar (aunque no tan elegantemente como sus predecesores) a los árboles para estar seguros.

Volviendo ahora al concepto de altruismo cabe plantearse una pregunta, ¿somos altruistas o egoístas por naturaleza? Algunas teorías, como la de la “Tabula Rasa”, popularizada por el filósofo inglés John Locke, se decantan por una mente que nace limpia e inmaculada, sin reductos del pasado, totalmente virgen y que se estructura tras el nacimiento con cada una de las experiencias a las que el individuo es sometido a lo largo de su vida. Pero estas teorías empiristas no dejan de presentarnos una visión un tanto romántica de lo que realmente somos, ya que nos dispone de la libertad más absoluta para definirnos como individuos, como personas. No podemos negar que el ambiente nos conforma en mayor medida (La educación, el entorno social, la familia, los amigos y todas y cada una de las experiencias vividas son la que nos dotan de una carácter, de una representación fidedigna de nuestra idiosincrasia). Sin embargo, no podemos omitir que atrás dejamos un pasado, una memoria evolutiva; como los recuerdos que conforman nuestra memoria individual y que nos hacen hoy ser las personas que somos. Al igual que, como individuos, careceríamos de identidad propia sin los recuerdos de nuestra vida pasada, no seríamos, como especie, la raza “superior” que hoy presumimos ser si ignorásemos la historia de la evolución. Sin la más mínima intención de polemizar sobre las creencias de las personas sobre el origen de nuestra especie, de nuestro mundo o de lo que nos espera tras nuestro último soplo de aire, creo que sería absurdo obviar algo con tanta solidez como el carácter evolutivo de las especies en pos de teorías divinas sin fundamentos, lo cual no quiere decir que no pudieran ser ciertas.  Pero soslayar y eludir el hecho de que procedemos de un pasado evolutivo me parece un pensamiento arcaico, poco crítico y de inflexibilidad mental, pues solo haría falta echar un vistazo a trabajos como los de Steven Pinker y otros biólogos evolutivos para darnos cuenta de que disponemos de un pasado filogenético y ontogenético.

El altruismo fue evolutivo porque era mejor que ser egoísta.

La ciencia del cerebro o neurociencia (cada vez menos gracias a Dios, o a la evolución) ha utilizado los cerebros de animales para trasladar los conocimientos adquiridos a través de éstos a la especie humana. Los más utilizados, los de ratas (supongo por la relación inversa entre el parecido de sus cerebros y la característica de especie “repugnante” que se les ha otorgado desde siempre a estos simpáticos animalillos). Pareciera que es más ético sacrificar el cerebro de una rata en pos de la ciencia que el de un chimpancé, como si una vida valiese más que otra. Claro que sería tosco negar la importancia y relevancia que ha tenido el estudio de los cerebros de animales para comprender las causas del comportamiento humano y, por ende, la posibilidad de salvar muchas vidas. En cualquier caso, no quiero crear un debate acerca de la experimentación animal, sino enfatizar el hecho de que somos, nuestro cerebros son, mucho más parecidos al de cualquier otro mamífero del reino animal de lo que podamos imaginar. De hecho, en mucha bibliografía podemos encontrar 3 subdivisiones de nuestro cerebro. El primero, el cerebro reptiliano, el tronco encefálico, encargado de las funciones vitales de nuestro organismo tales como respiración, ritmo cardíaco, etc. El segundo, el cerebro mamífero o emocional, con nuestro sistema límbico y todo el conjunto de emociones del que disponemos. El tercero, el cerebro racional, la parte pensante, el cerebro ejecutivo y evaluador, la corteza o neocorteza. Y es esta última subdivisión, el cerebro racional, la que nos diferencia, “con diferencia”, del resto de los mamíferos. La capacidad de evaluar las acciones, de tomar las decisiones, la consciencia y, como no, el habla, son el legado que esta diferenciación cerebral nos ha dejado y la que nos hace tan distintos al resto de seres vivos.

Recuerdo cuando asistí, inmóvil y horrorizado (todo hay que decirlo) a uno de los muchos partos de una perra caniche que tuve hace años, Tuitti. Lo que más me impresionó no fue el instinto maternal de Tuitti y cómo ésta, sin emitir sonido alguno, dio a luz a ocho cachorros, los lamió hasta dejarlos relucientes y se comía la placenta, sino cómo los cachorros se peleaban entre ellos por asir un pezón de Tuitti y poder así alimentarse. Mientras unos engordaban por días otros murieron. La analogía con los seres humanos es perfecta si observamos el comportamiento de un bebé humano. Al margen de las carencias individuales de las que disponemos tras ser dados a luz, si observamos el comportamiento de un bebé, e incluso el de un niño en sus primeros años de infancia, nos podemos dar cuenta del sustrato egoísta con el que venimos al mundo (y es algo normal porque todo lo que hace nuestro organismo, incluso nuestras conductas en los primeros momentos de vida,  lo hace a favor de nuestra adaptación y supervivencia). A partir de ahí, la educación recibida por los padres y la sociedad en general son los encargados de minimizar ese egoísmo innato con el que nacemos e ir inculcando en el niño el altruismo y la generosidad para adecuarlo a un estilo de vida altruista, cooperativo, empático y afable. Pero no porque nazcamos con estas características, sino porque son miles de años de evolución los que nos ha enseñado que si hoy yo te ayudo a ti, tú estarás ahí disponible cuando a mí me haga falta en el futuro.

Ahora bien, ¿qué puede estar pasando en las sociedades actuales? ¿por qué se ven conductas tan sorprendentemente egoístas en las civilizaciones de ahora? ¿Por qué un hombre tirado en una acera (esto se hizo en un experimento social en Alemania) en una calle llena de transeúntes debe esperar 15 minutos hasta que alguien pare a prestarle ayuda?

Antes debíamos alimentarnos cazando un mamut, o debíamos excavar una cueva para poder estar a salvo de depredadores, y para elle necesitábamos ayuda. Yo te ayudaba a ti y tú a mí, y así nos beneficiábamos los dos. ¿Podría ahora estar ocurriendo un cambio? Nunca antes en la historia de la humanidad los cambios y el “progreso” habían ocurrido a tal velocidad. Los cambios en la comunicación y, por ende, en las relaciones sociales están sufriendo un deterioro significativo en los comportamientos interpersonales. En la era de la comunicación estamos más desconectados que nunca; si no del mundo, de las personas. Quizás esa proximidad física que estamos perdiendo sea necesaria para enfatizar y producir ese carácter empático (quizás no, seguro) que poco a poco podría estar desapareciendo (ayer sin más me llegó un vídeo de media hora de peleas callejeras. Lo sorprendente no es el hecho de que existan peleas callejeras, sino que hay gente dispuestas a grabarlas en lugar de parar la pelea, a editar las imágenes y  distribuirlas por las redes sociales). Quizás la capacidad y disponibilidad de conseguir “el mamut” de forma individual, desde casa, con un clic, esté produciendo ese cambio que va desde el altruismo, sea recíproco o de cualquier otra forma, hacia un pensamiento más egoísta, alimentado éste, cómo no, por una sociedad competitiva e individualizada. En cualquier caso, todo esto son especulaciones que espero nos  hagan reflexionar hacia dónde nos dirigimos y hacia dónde dirigiremos las generaciones futuras...

Miedo me da cuando las consecuencias de esta forma de vida se manifiesten….


viernes, 24 de julio de 2015

Simpatía Vs Empatía.


Sin duda ahora está de moda, la moda del bienestar emocional. La búsqueda incesante y quimérica de la felicidad vendida a precio de coste a unos pobres y virtuales seres sumisos ante el frenesí que actualmente reina en pos de poseer más de todo, incluso más felicidad.

Una vez alguien me dijo que quería ir a India en sus vacaciones. Yo le pregunté que a qué parte de India quería ir, pues India es muy grande. Cara de asombro. Respuesta: “Ah, no sé, a India”.

Ahora bien, pensemos una cosa, ¿realmente nos gustan los pantalones que nos acabamos de comprar, el coche que conducimos, y que tanto esfuerzo nos está costando pagar, e incluso esa chica que nos quita el sueño cada noche? No nos engañemos, la razón por la que nos gustan nuestros pantalones de cien euros, el coche que nunca terminaremos de pagar y esa chica rubia y esbelta es porque está de moda. De hecho, si viviéramos en China comeríamos perro y no jamón.

Seguimos a las modas como los ánsares de konrad Lorenz seguían a éste mientras nadaba por el estanque, pues eran lo primero que habían visto en su vida; aunque el bueno de Lorenz nunca los alimentaría.

No hace mucho le pregunté a una persona, tras intuir la falta de capacidad de experimentar éste en sus propias “carnes” el sufrimiento ajeno, por cuán empático se consideraba que era. Bien, no sabía qué era la empatía.

Pero, al margen del desolador ataque a nuestra cultura, sí es cierto que en toda esta moda del bienestar emocional existe una palabreja de moda: empatía, que no simpatía.

Por definición:

Empatía: Identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro.

Simpatía: Inclinación afectiva entre personas, generalmente espontánea y mutua.


No sé si se apreciará la diferencia entre ambas definiciones.  La primera, la empatía, no tiene por qué existir esa interrelación entre las dos personas. En la empatía te pones en el lugar del otro, mientras que en la simpatía habla de entre personas; es como si hubiera algo a cambio, ¿no lo parece?

Desglosemos el asunto un poco para entender mejor la diferencia de conceptos; y para ello permítaseme utilizar un ejemplo cotidiano. Una persona que cuenta con una vida social exitosa. No le falta nunca la compañía para ir una noche al teatro o a tomar unas cañas. Esa persona tiene un buen trabajo, dotes sociales y un estatus económico “decente”. Pero un buen día la cosa se complica. Su empresa hace recorte de personal y lo despiden. Eso le lleva a mantener fuertes disputas con su pareja y finalmente, tras romper con ésta, entra en una profunda depresión. Su economía se tambalea al mismo ritmo que su autoestima, y los sentimientos de tristeza le invaden y colapsan. Sus habilidades sociales se resienten, pues sus pensamientos ahora distan mucho de lo que fueron hace tan solo unos meses. Hundido, revuelto y trastornado por un destino cruel, traicionero e inconcebible para él hasta el momento, saca fuerzas de flaqueza y decide afrontar la situación. Comienza a ir a terapia y a buscar trabajo de nuevo. En los momentos de soledad absoluta, cuando la tristeza y el desconsuelo se apoderan de su cuerpo, mente y alma, recurre a sus amistades, esas con las que solía ir al teatro y de cañas por la ciudad. Pero él ya no es el que era, esa persona divertida y solazada, alegre, quien solía amenizar esos momentos del vino con alguna de sus alocadas anécdotas. Pero ahora también parece que ellos tampoco son los que eran, sus amigos. Todos le dan de lado, pues a nadie le apetece tener como compañero a alguien en su estado deprimido. Ahora no hay equidad, no existe esa inclinación afectiva entre personas.

Este es un claro ejemplo de simpatía. Eso sí, de simpatía extinguida.

Ahora nuestro personaje no puede dar lo que necesitan esas personas “simpáticas”. No hay reciprocidad, la reciprocidad necesaria para esa coexistencia entre dos individuos. Ahora solo queda que aflore la empatía, esa que muchos ni siquiera saben qué significa.

La empatía significa la capacidad de ponerse en el lugar del otro, de sentir como éste, “de calzarnos sus zapatos”. La empatía significa estar ahí, al lado de esa persona que lo necesita, aun sin ser la tarde perfecta. La empatía significa comprender, entender, estar, escuchar sin dar consejo. No debe haber reciprocidad, pues no existe ese entre.

¿alguien dispuesto a ello?

Por supuesto que a nivel neurobiológico y neurofuncional existen diferencias significativas entre ambos términos, y se pueden observar claramente en cómo la empatía y la simpatía ocupan diferentes estructuras cerebrales con diferentes neurotransmisores formando parte del entramado juego de las emociones ajenas. A saber.

La simpatía aparece y desaparece dependiendo de lo que se obtenga a cambio. Es como el anuncio de los Donetes, que los amigos desaparecen cuando éstos se acaban. Aquí entran en juego los circuitos de recompensa del cerebro. En el cerebro emocional se encuentra el Núcleo Accumbens, el centro del placer. Éste se activa cuando un neurotransmisor específico lo invade, la dopamina. En ese momento experimentamos placer. Esto ocurre cuando predecimos que vamos a comer nuestra comida favorita, que vamos a tener relaciones sexuales o que viene a visitarnos nuestro mejor amigo, el empático. Adviértase que digo “cuando predecimos”, pues el subidón a veces se da solo con el hecho de advertir que se va a presentar eso que tanto nos gusta. La dopamina está involucrada en sustancias adictivas como la cocaína. La cocaína aumenta en proporciones muy elevadas los niveles de dopamina. Nuestro cerebro se habitúa a tal subidón y cuando se deja de consumir el polvo blanco nuestro cuerpo demanda esas grandes cantidades de cocaína. Cada vez más y más. Pero para que se activen los centros del placer no hace falta que trapicheemos con drogas. Estos también se activan cuando nos dicen algo bonito, cuando nos dan la razón en una conversación, cuando nos ríen las gracias en un bar de cañas e incluso cada vez que clican a “me gusta” en el último selfie que nos hicimos en la playa.

Ahora sabemos por qué pierdes la simpatía de las personas si estás deprimido. Si estás deprimido no tienes ganas de reírle las gracias al bromista de turno, no le darás la razón a la gente para caerle bien (de hecho hay estudios que muestran que las personas con depresión son menos hipócritas y más realistas ante cualquier tipo de situación), en definitiva, perderás la compañía y simpatía de muchos “amigos”.

Sin embargo la empatía transcurre de otra forma totalmente diferente a la simpatía. Otros circuitos neuronales, otros neurotransmisores, otras personas…

La noradrenalina es un neurotransmisor se encarga de la atención, el aprendizaje, la sociabilidad y la empatía entre otras cosas.

¿Ha oído el lector alguna vez el término “neuronas espejo”?

Son un conjunto de neuronas localizadas en la corteza prefrontal y parietal de nuestro cerebro y que se activan NO cuando hacemos o sentimos algo, sino cuando vemos hacer algo o cuando alguien siente algo. En el camino del “hacer”, estas neuronas son la base del aprendizaje por observación e imitación, la forma más eficaz de aprendizaje en los seres humanos. En el camino del “sentir”, es la base de la empatía. Imagine el lector masculino (cierre los ojos por un instante después de leer este fragmento) qué siente cuando ve que una persona le pega una patada en sus partes más queridas a otra. Esa es la empatía. Cuando presenciamos una situación emocional ajena, positiva o negativa, podemos tener la capacidad, o no (véase los psicópatas), de empatizar, de ponernos en el lugar de la otra persona. Esto, como todo lo que hace nuestro organismo, tiene sus funciones evolutivas. Es obvio que si disponemos de esa facultad y/o capacidad de ponernos en el lugar de la otra persona no nos acercaremos al pateador de h___vos…

Para entender bien la diferencia digamos que nos hicimos sociales gracias a la simpatía, pero nos hicimos humanos gracias a la empatía. Toda falta de empatía no muestra más que el lado más oscuro, interesado y animal de los seres humanos. Porque aunque parezca lo contrario, la simpatía también es un mecanismo de supervivencia. Véase las garcillas bueyeras cómo desparasitan a las nobles vacas mientras éstas pastan. La vaca le da con el rabo a las moscas, no a las garcillas. Caen en simpatía, la interesada simpatía.

La buena notica…

Queda claro que la simpatía es más interesada que la empatía por las razones que hemos expuestos y por lo mecanismos subyacentes que entran en juego con cada uno de los diferentes procesos. La simpatía fue necesaria para sobrevivir como especie beneficiándonos unos de otros para un bien común, y como no, propio. La empatía también, cómo no, aunque de diferente forma. La buena noticia es que nuestro cerebro es plástico, moldeable, modificable y siempre cambiante. La base de ese cambio son nuestros pensamientos, el motor que genera los cambios en nuestro cerebro, nuestra mayor arma, la cognición. Gracias a ella se puede trabajar la empatía, desarrollando ésta para que alcance los niveles óptimos para convertirnos en mejores seres humanos.


¿Te atreves a probar?

martes, 14 de julio de 2015

Influencia social...una bomba de relojería en los tiempos que vivimos.

Y allí estaban todos, esperando su turno…

Una decena de personas sentadas en fila, una al lado de la otra. Nueve de ellos eran los cómplices del experimentador, mientras que el décimo serviría de “cobaya” experimental. Enfrente de los diez un ordenador portátil con una imagen. En ella se ven tres figuras (a, b y c). Cada figura muestra simplemente una línea de una longitud determinada. La línea “a” es la más larga, seguida de la “b” y, por último, la línea “c” es la más pequeña. A los diez participantes, de forma secuencial, se les fue preguntando en voz alta sobre qué línea de las tres creían ellos que era la más larga. Los cómplices estaban advertidos de que tenían que decir siempre una opción errónea, en este caso la opción “c”. La “víctima” experimental sería preguntado en último lugar, tras oír las respuestas de todos los demás.

No dejaba de ser divertido, desde mi posición de experimentador, ver la cara de circunstancia de nuestra pobre víctima mientras oía, una y otra vez, la respuesta falsa. Llegado su turno lo que cabía de esperar.

-¿Cuál cree usted que es la línea más larga de entre las que se ven en pantalla?
-La “c”.

No nos lo podíamos creer. Lo repetimos diez veces, con diez individuos diferentes, chicos y chicas. Era sorprendente.

Salomon Asch realizó este experimento en 1951 con 123 personas y el 33% se dejó llevar por la opción mayoritaria, aún siendo absolutamente distinguible las longitudes de las líneas. En 2014 nosotros lo replicamos de idéntica forma. En nuestro caso la cifra se elevó al 55% (aunque lo hicimos con un número reducido de participantes)

Conformidad, influencia social, presión social..

Algo tan sencillo, simple y genial como este experimento realizado a mediados del siglo pasado por Salomon Asch, muestra cómo en numerosas ocasiones podemos adoptar una postura contraria a nuestras propias creencias por encajar en el grupo, en el enjambre social. La necesidad de aprobación, de no exclusión, de pertenencia. Somos animales sociales, aunque eso a veces traiga consecuencias lamentables y desastrosas.

¿Qué somos capaces de hacer por seguir perteneciendo al grupo de referencia, por seguir siendo parte de la manada?

La amistad, la empatía y la simpatía…

En nuestro anhelo de pertenencia,  -como seres humanos y como animales sociales que somos- de coexistir con los iguales, con la sociedad, buscamos aprobación incesante en un mundo quizás alterado y adulterado por la fantasía barata del bienestar inmediato; pues créeme que es más rápido cultivar una imagen que una mente, que unas creencias, ¡qué más dan éstas si podemos sentirnos bien aquí y ahora! ¿Qué importan mis creencias e ideales, mis principios? “¿Acaso los tengo?”

Un día una persona me dijo que “hay que ser hipócrita” para así llevarte bien con la gente y tener “amigos”

Otra vez oí que “hay que ser egoísta en esta vida y pensar en uno mismo”

El cuerpo me temblaba, las manos comenzaron a empaparse de sudor y el latir del corazón agitaba todo mi cuerpo. ¿En qué hemos de convertirnos para obtener la aprobación de unas personas a las que seguramente no le importemos?

¿En qué nos convertiremos?

Hace no mucho, cuando estabas con un amigo, o pareja, y querías tomarte una foto con él o ella le pedías amablemente a alguien que por allí pasara que por favor os hiciera la foto. Ahora preferimos coger un palo “selfie”. Antes llevábamos un walkman, que era grande por “cojones”, por el tamaño de la cinta, pero intentábamos que los auriculares fueran los más pequeños posibles, por eso de la comodidad. Ahora llevamos unos reproductores de música súper pequeños, pero unos auriculares que bien podrían utilizarse para tiro al plato o para huir del ruido de un martillo percutor. ¿De verdad que es cómodo ir a correr con el Iphone6 amarrado en el brazo con tremendos auriculares? Ahora los calcetines casi no deben verse con las zapatillas deportivas, los guapos llevan barba y el pelo de una determinada manera -no soy capaz de explicar cómo-. Camisetas estrechas y pantalón ancho, ¿o era de pitillo, o tenía que verse el calzoncillo? Bueno, no pasa nada, son solo modas.

El problema es que la influencia social en sí, que en cuanto a la moda se refiere no tiene, o  no debería tener, trascendencia alguna -al margen de muchos trastornos dismórficos existentes en los adolescentes y adultos jóvenes-, sí tiene  consecuencias en cuanto a los comportamientos que genera en las personas cuando la necesidad imperiosa por pertenecer al grupo, a la manada, a toda costa, cueste lo que cueste, es lo importante, al margen de otros valores como las creencias y los principios con los que deberíamos haber sido educados, unos principios humanos, morales, en cualquier caso. 

Esa necesidad, alentada quizás por la falta de ideales y principios necesarios para sentirnos bien con nosotros mismos en esta época de la vida que nos toca vivir –ahora no importan los principios, sino estar bien guapos, lucir palmito, tener el mejor coche, la mejor casa, el mayor número de “me gusta” en cualquier red social, los pantalones último modelo y aparentar, mucho aparentar- hace que seamos capaces de hacer cualquier cosa.

En los experimentos de Asch podías quedar como un individuo sin personalidad, moldeable, quizás con baja autoestima, insegura. Pero en otras muchas situaciones el poder social, la influencia que genera la necesidad de pertenencia puede ser atroz, y puede hacer que nos convirtamos en la peor de todas las especies. Los experimentos de Milgran y las descargas eléctricas, y de Zimbardo y la cárcel de Stanford son otros ejemplos que no vamos a describir aquí, pero que son claro reflejo de lo que somos capaces cuando somos influenciados por una autoridad o un grupo determinado.

Quizás lo que ocurra es que ahora, como dije antes, no sea necesario tener principios, no es lo primordial. No es básico, ni fundamental, tener unos ideales fieles a un pensamiento, al pensamiento crítico. La atención reflexiva es la base del pensamiento crítico. Una mente flexible, abierta, capaz de sopesar diferentes puntos de vistas, nada de creencias arraigadas, nada de mentes cuadriculadas. Pero todo esto  es una espiral, porque para llegar a tener un pensamiento crítico y, por ende, la capacidad de tener esa atención reflexiva, es necesario que las nociones básicas educacionales se hayan completado exitosamente en los primeros años de vida, y ya sabemos cómo está la educación actualmente. Como todo, en la educación está la base de lo que seremos en el futuro y de cómo la sociedad estará organizada en los años venideros.

Entonces todo vale. Porque sin principios, ¿qué somos? Unos lobos hambrientos de aprobación barata, unos piratas del bienestar, unos ladrones de emociones y unos traficantes de sentimientos.

Y ahí es cuando confundimos amistad, simpatía, empatía, enamoramiento, querer, amor y sexo.

No hace mucho le pregunté a una persona, ya cercana a los cuarenta años de edad, sobre la empatía. Me dijo que no sabía lo que era, que se lo explicara -literalmente-. No supo ni darme una definición mediocre. No me dijo “jolines, sé lo que es pero no sé explicártelo” -eso solía funcionarme a mí cuando no tenia ni idea de lo que algún profesor o mis padres me preguntaban- No, simplemente no lo sabía.

La influencia social, el poder de la situación, en este momento en el que nos encontramos de la historia de la humanidad, en este mundo materialista y superficial, es una tremenda bomba de relojería.

El “bullying” es el más claro ejemplo de una educación maltrecha y el poder social que se ejerce con la asociación entre la falta de educación y la imperiosa necesidad biológica de pertenencia que tenemos.

Pues ya lo dijo Christopher Mccandless antes de morir solo y perdido en algún lugar remoto de Alaska: “La felicidad es solo real cuando es compartida”.


Pero, ¿a costa de qué? ¿De no tener ideales ni principios, de traficar con sentimientos y emociones?