Influencia Social

"Los héroes son los que de alguna manera pueden resistir el poder de la situación y actuar por motivos nobles, o se comportan de manera que no hacen degradar a otros cuando fácilmente pueden"

Las Neuronas

"Es preciso sacudir enérgicamente el bosque de las neuronas cerebrales adormecidas; es menester hacerlas vibrar con la emoción de lo nuevo e infundirles nobles y elevadas inquietudes". Ramón y Cajal

El cambio "Duele"

"La curiosa paradoja es que cuando me acepto a mi mismo puedo cambiar".Carl Rogers.

Inteligencia Emocional

"La infancia y la adolescencia constituyen una auténtica oportunidad para asimilar los hábitos emocionales fundamentales que gobernarán el resto de nuestras vidas" Daniel Goleman

Nuestros pensamientos

"Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado; está fundado en nuestros pensamientos y está hecho de nuestros pensamientos". Buda

jueves, 20 de agosto de 2015

Intenciones, consecuencias y moralidad en una era virtual...

Un tren viene a toda velocidad. Tú observas cómo en las vías del tren hay cuatro personas atrapadas en un coche. El impacto será inminente y letal. Desde tu segura posición puedes acceder a una palanca que desviaría el convoy hacia una vía secundaria, pero en ésta se encuentra un empleado de mantenimiento que morirá si desvías el aparato. Mueren cuatro personas o muere una persona. ¿Qué harías?

Ahora una situación similar. Viene un tren a toda velocidad. Observas lo mismo que antes, cuatro personas atrapadas en un coche en mitad de las vías. El impacto será inminente. Tu estás en el seguro andén. Junto a ti una persona muy grande con una pesada mochila a sus espaldas. Si empujas al corpulento señor harás que el tren se frene y que no mate a las cuatro personas atrapadas en las vías dentro del coche, pero el caballero morirá. Mueren cuatro personas o muere una persona. ¿Qué harías?

Parecen casos similares. La mayoría de la gente no encuentra "ningún" problema en accionar la palanca del primer caso, pero no empujaría al corpulento señor (o por lo menos se le nota la tensión cuando piensa en ello), pues la acción de empujar al caballero ejerce una fuerza emocional mucho más fuerte que accionar la palanca. ¿Qué diferencia hay si en ambos casos estás matando a una persona para salvar cuatro vidas humanas?

Somos seres sociales por naturaleza. Aprendimos que en sociedad podríamos obtener más ventajas que viviendo en solitario. Enseguida se creó una moral social, en la que, obviamente, estaba mal visto realizar una acción directa sobre un “igual” cuando éste pudiera sufrir algún daño. Si hacíamos esto se disparaba nuestra alarma emocional sancionadora. Sin embargo, por aquellos tiempos de cavernas y mamuts no existían palancas accionar ni interruptores que pulsar, por lo que la acción de tomar la decisión de pulsar un interruptor o accionar una palanca no ejerce en nosotros esa alarma emocional tan fuerte, sino que más bien el juicio de estas acciones está relacionado con otra región del cerebro, mucho más reciente, encargado de la toma de decisiones. Resumiendo, la acción directa activa más nuestro sistema emocional que cuando la acción es indirecta. Los psicópatas, con grades deficiencias en las conexiones reguladoras de las emociones, no ven diferencias en los dos casos expuestos anteriormente.

En los experimentos de Milgran, en los que un individuo suministraba descargas eléctricas a una persona cuando ésta fallaba una tarea de memorización, hubo un aumento de personas que se echaban atrás en la aplicación de las descargas cuando se encontraban en la misma habitación que la persona que recibía el eléctrico castigo. De nuevo, un ejemplo más de la relevancia de la acción directa en las conductas coercitivas, y, por supuesto, aunque no es el tema a abordar, en las afectivas.

Cada vez nuestras relaciones interpersonales son más abundantes. Redes sociales, chats, mails. Podemos decidir en un instante, mientras que esperamos en la cola del supermercado por ejemplo, hablar con alguien. Solo tenemos que sacar nuestro Smartphone y ver quién, de esos 752 amigos, se encuentra online en ese preciso momento en el que el empleado de caja del súper no sabe el código de la remolacha. Acceso instantáneo, pero de acción indirecta.

Las maravillas de la tecnología, la majestuosidad de las herramientas comunicativas impensable hace no demasiados años. Hoy mismo he estado hablando con una amiga que está en Hawái, mandándonos fotos e intercambiando opiniones de la subjetiva apreciación de la belleza de las playas del mundo. Hoy mismo he visitado Hawái, y eso es un dinero que me he ahorrado (véase la ironía).

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Los niños menores de seis años suelen realizar un juicio moral basándose más en las consecuencias de una conducta que en la intención de la misma. Ellos no ven la diferencia entre romper el precioso jarrón de mamá que decora el salón desde hace años al tropezar sin querer, que no romperlo aún habiéndole tirado, en un momento de rabieta descontrolada, una pelota adrede con la intención de hacerlo estallar en mil pedazos. Esto es porque, aunque no lo crean, existe un área en nuestro cerebro (y esto es ciencia. Podéis ver más pinchando aquí) encargada de evaluar e interpretar lo que piensan los demás y así poder emitir juicios morales. Esta área, llamada área temporoparietal derecha, se activa, y con esta activación interpreta y evalúa,  cuando vemos a una persona realizando una acción. Lo que le ocurre a los infantes menores de 6 años es que, al igual que otras muchas regiones cerebrales en la infancia, el área temporoparietal derecha no se termina de desarrollar hasta aproximadamente esa edad. Seguro que muchos de vosotros, alguna vez en vuestra infancia, aún sin haber tenido intención de realizar algún que otro destrozo doméstico, oyó la voz acusica de un hermano que decía: “te la vas a cargar cuando se entere mamá”. En el experimento, como habéis leído, se inhibía, con estimulación magnética trascraneal, esa región cerebral y los participantes, adultos, realizaban juicios morales no ya por la intencionalidad de la conducta, sino por las consecuencias, intencionadas o no, que éstas tenían.

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¿Cómo podríamos relacionar estos dos conceptos, acción directa o indirecta, y juicios morales dependiente de la intención o las consecuencias?

¿Serían simples especulaciones vaticinar que las carencias comunicativas directas que los medios virtuales están provocando nos están permitiendo realizar conductas que de alguna otra manera no realizaríamos si nuestras acciones y relaciones interpersonales se realizaran de una forma más directas y que, al mismo tiempo, situándonos ya no en el papel del autor o ejecutor de la conducta indirecta, sino en el de la persona que es víctima de ésta, estas formas de conexiones virtuales indirectas podrían estar modificando nuestros sistemas neuronales implicados en los dos “tipos” de juicios morales descritos anteriormente?

Pero no solo las acciones indirectas comunicativas se realizan a través de la red de redes. ¿Quién no ha experimentado la agresividad de alguna persona desde el interior de su vehículo? ¿Quién no ha oído cómo la multitud insultaba a un árbitro de fútbol? Seguro que si ese conductor que muestra una actitud agresiva o ese espectador insultante estuvieran directamente en contacto con las personas víctimas de sus conductas amorales la cosa era bien distinta. Claro está que podríamos achacar esa agresividad a la cobardía de estos individuos que se aprovechan de la inaccesibilidad de la otra persona para expresar su frustración vital (y seguro que así es), pero me atrevo a decir que, sin duda alguna, ese distanciamiento nos deshumaniza, aniquilando nuestra empatía, y por esa razón el ser frustrado es capaz de realizar esa conducta.

Por el contrario, ¿cómo juzgar una acción y/o un comportamiento como intencionado o no sin entablar acciones directas, desde el otro lado de la barrera comunicativa que es internet, el automóvil o el cordón policial que rodea el estadio de fútbol? ¿Cómo emitir el juicio objetivo (dentro de toda la objetividad posible en un mundo subjetivo) de una acción virtual? ¿Nos deshumanizan las redes sociales, los grupos de Whatsapp y los e-mails, y nos regresan a una infancia aún en vías de desarrollo moral?

Sin duda, el papel de las neuronas espejo (ese conjunto de neuronas encargadas de imitar el comportamiento ajeno, cuyo papel en el aprendizaje por observación es determinante y necesario y, a su vez, encargadas también de descifrar el estado emocional de los demás, ese conjunto de neuronas madres de la empatía) juega un papel relacional fundamental tanto en la capacidad de tomar una decisión por acción directa o indirecta como para emitir un juicio moral correcto y satisfactorio para la sociedad actual.


Claro que, ¿cómo mirarnos a un espejo que se esconde detrás de un teclado?

lunes, 17 de agosto de 2015

Terapias Alternativas: cuestión de modas...

Si buscamos en el diccionario la definición de libertad encontraremos la que sigue:

Libertad: Facultad y derecho de las personas para elegir de manera responsable su propia forma de actuar dentro de una sociedad: la libertad es un derecho humano básico.

Libertad de decisión, de cátedra, de expresión. Cuando sentimos que no la poseemos, anhelamos la libertad más que cualquier otra facultad o característica que pueda gozar el ser humano. Todo el mundo quiere sentirse libre, pues tal y como se cita en su definición, es un derecho humano básico.

Pero, ¿realmente somos libres? Asusta pensar que no, ¿verdad?

Recuerdo que, cuando vi Matrix por primera vez lo primero que pensé, una vez acabado el filme, es que podría estar basada en hechos reales (sepa el lector asociar correctamente la analogía metafórica).

La cuestión entonces es hasta qué punto gozamos nosotros de libertad absoluta o somos víctimas de un sistema que nos hace pensar que realmente lo somos, al mismo tiempo que danzamos al unísono cual marioneta de trapo es manejadas por un niño caprichoso.

¿Acaso no vestimos como quieren que vistamos, no comemos lo que quieren que comamos, no nos gustan los chicos y las chicas que quieren que nos gusten, no pensamos, sí, pensamos, como quieren que pensemos? Echa un vistazo ahora mismo a tu alrededor, ahí donde estés en estos momentos, y podrás darte cuenta de lo que quiero decir.

Durante años, la publicidad ha utilizado un método infalible para adoctrinarnos; esto es, manipularnos desde la creencia que somos nosotros mismos quienes decidamos. Siempre de una forma sutil e indirecta, pero demoledora. Una vez un chico le decía a su pareja que vistiendo ropa de la marca “E9” (una línea de ropa casual de escalada) se escalaba mejor. Por supuesto que la psicología ha estudiado estos fenómenos de masas llegando a la conclusión de que son tres los aspectos que influyen y se relacionan con los efectos engañosos de la publicidad y el marketing. La edad, el nivel de conocimiento y la autoconfianza en las propias habilidades y capacidad de autocontrol, formándose una relación inversamente proporcional entre el efecto de la publicidad y las características mencionadas. Esto es, a menor edad, menor nivel de conocimiento y menor autoconfianza en las propias habilidades y capacidad de autocontrol mayor es el efecto que ejerce la publicidad en el individuo.

El tema de la edad se suele solventar (véase la ironía en la palabra “suele”) con el paso del tiempo, pero las otras dos características van más de la mano de la educación y de la propia sociedad que maneja los mismos hilos con los que nos movemos. Es un bucle, porque si tenemos que poseer mayor conocimiento y mayor autoconfianza en nuestras propias habilidades y la capacidad de autocontrol para que no seamos víctimas de una publicidad engañosa y traicionera y la educación externa y la sociedad solo nos están ofreciendo, y por ende convirtiendo, en personas vacías y carentes de opinión es bastante probable que nos ahoguemos en nuestra propia ignorancia, y todo ello sin darnos cuenta.

Y aquí es donde nos quedamos “esperando” que un día, como por arte de magia, nuestra computadora se encienda en mitad de la noche dejándonos las señales para que sigamos al conejo blanco a su madriguera. Mientras tanto, aquí seguimos conectados a los hilos de la ignorancia, saboreando la libertad como esa carne extinta que solo existía en la mente de Neo.

Para mí la libertad se fabrica en nuestras mentes a través de la introspección individual, la meditación, sin mantras, sin posición de loto, sin chacras, sin meridianos, o con ellos si es más fácil, pero con uno mismo desde la individualidad. Pero, ¿cómo hacerlo si sólo sé que no sé nada? Con deseo, anhelo y ansia de conocimiento, con pensamiento crítico, mente flexible y con la humildad suficiente para aceptar que no todo lo que vemos, que no todo lo que oímos y, por supuesto, que no todo lo que hasta ahora hemos creído es necesariamente cierto.

Antes se le llamó footing, más tarde jogging, y ahora se le llama running, cuando realmente es correr lo que hacemos. Algo similar ocurrió con el cycling y el spinning para la bicicleta estática. El bífidus, la lecitina, los productos light. Los viajes a India, a cualquier parte de India, pues no conozco India, pero quiero ir a India, o Tailandia, porque lo exótico está de moda.

Algo similar, y más preocupante que el yogur con bífidus, está ocurriendo con las "terapias" alternativas en salud mental. Una vez (digo una vez por ser benévolo) oí a alguien decir que no creía en la psicología. Entonces esa persona comenzó a tratar su ansiedad, (¿o era depresión, o era Trastorno Obsesivo Compulsivo, o era “solo” un duelo, o era un Trastorno Dismórfico Corporal, o era Trastorno de Estrés Postraumático, o era Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad?) con Flores de Bach, acupuntura, e incluso Reiki. Dos años han pasado. Sin mejorías.

Lejos de criticar a quienes puedan creer (y el efecto placebo está más que demostrado ya que el simple pensamiento que un individuo puede tener acerca de su mejoría y recuperación genera la liberación de unos neurotrasmisores específicos llamados endorfinas, esto es, unos opiáceos moduladores del dolor, entre otras cosas) en las diversas “terapias alternativas” he de hacer una distinción entre dos conceptos bien diferenciados, pero que a veces mal utilizados: Creer y saber. 
Pues podemos creer que va a llover mañana, pero puede ser que no llueva, por lo que no sabemos si finalmente lloverá. Podemos creer en Dios, pero hasta el día que "te toque", nada. Podemos creer que el Barça volverá a ganar la liga, pero hasta que no acabe la temporada no lo sabremos, y eso que esto último es más que probable teniendo a Leo Messi en sus filas (tenía que decirlo). Sin embargo, sabemos que la tierra es redonda porque tenemos pruebas empíricas que así lo corroboran, sabemos que las emociones de miedo “nacen” en nuestro cerebro porque hay una región en él, llamada amígdala, que sin ésta la persona deja de expresar dicha emoción, sabemos que la desensibilización sistemática es efectiva para las fobias, que la meditación reduce la activación de la amígdala (que también está relacionada con el estrés y la ansiedad), sabemos que una lesión en la corteza  prefrontal ventromedial está asociado con un déficit de control emocional e impide que el sujeto realice la toma de decisiones de una forma correcta, esto último también se puede observar en individuos psicópatas. Sabemos y creemos son dos concepciones diferentes. La psicología es una ciencia, guste o no, pues eso es lo puede hacer en un individuo, gustar o no, pero no deja de ser algo empírico y demostrable.

En absoluto estoy diciendo que estas “terapias” alternativas funcionen o dejen de hacerlo por el hecho de que no hayan sido demostradas científicamente, pues, de hecho, muchas de las cosas que hoy en día sabemos primero fueron creencias, y luego, tras rigurosos estudios científicos, fueron fruto de conocimiento, de sabiduría. Pero del mismo modo que no podemos omitir que la tierra es redonda y que es ésta la que gira alrededor del Sol y no al contrario, no podemos obviar que la psicología, como ciencia, y como terapia, en cualesquiera de sus numerosas corrientes, es eficaz, al margen de que, como en todos los campos, existan psicólogos buenos y no tan buenos.

Ahora bien, ¿obviar lo que sí funciona, demostrado empíricamente, en pos de modas alternativas sin regazo científico en cuanto a salud se refiere, me parece una osadía de necios. ¿Seguirías tomando Actimel sabiendo que un plátano refuerza tus defensas más aún y éste último cuesta tres veces menos? Así de engañosa es la publicidad, y así de necios son los que siguen comprando un producto como el de la conocida marca de lácteos. ¿Por desconocimiento, por moda?


Que una depresión, o cualquier otro trastorno mental, pueda ser tratado con Flores de Bach, con acupuntura, con Reiki o con craneosacral, es un hecho; que tenga resultados más allá del simple placebo es algo bien distinto. ¿Y si el paciente se encuentra mejor, no es suficiente? Puede que sí, pero, ¿y las otras muchas veces que no lo hace? El paciente está pagando un precio por un producto cuya efectividad dista mucho de ser válida; y mientras paga, mientras se alinean los astros, mientras los centros se ponen donde se tiene que poner, pierde dinero, salud, y la posibilidad de que se le apliquen técnicas eficaces, demostradas a lo largo de muchos años de investigación, aunque eso sí, quizás menos cool, o se dice molón, o guay….

domingo, 16 de agosto de 2015

¿Cómo es tu pensamiento? Atrévete a descubrirlo...

 El estímulo visual atraviesa la córnea, la pupila y, a través del cristalino, es proyectado en la retina. A partir de ahí se produce la conversión de la imagen en un impulso eléctrico a través de los fotoreceptores retinianos (conos y bastones) que envían las señal a través del nervio óptico hasta nuestro cerebro, quién nos hace consiente de dicho estímulo visual. Imagínese el lector el nervio óptico, instaurado en la retina, como un canal hueco por donde va a circular la señal nerviosa. En este canal no hay fotoreceptores, por lo tanto un fragmento de la imagen visual, del estímulo, no es procesado; es lo que se conoce como Punto Ciego. Sin embargo, no somos consciente de este fenómeno por dos motivos. El primero, porque tenemos dos ojos, con dos nervios ópticos, con dos Puntos Ciegos, pero que no se solapan, por lo que la pérdida del fragmento de visión de un ojo es suplida y compensada por el otro. Por lo tanto para ser conscientes del fenómeno tendríamos que taparnos un ojo. El segundo, y el más increíble, porque nuestro sabio cerebro es capaz de “rellenar los huecos” carentes de información visual. ¿Esto quiere decir que nuestro cerebro puede estar construyendo nuestra realidad? Pruébalo aquí. Si te fijas y haces el primer ejemplo, el círculo negro desapareció, pero en lugar de ver un espacio desprovisto de información tu cerebro lo completó con la información que disponía, el blanco del fondo de la imagen.

*

¿Sabrías decir con exactitud donde estabas hace justo un mes a las diez de la noche? Seguramente no, a no ser que en ese preciso momento estuvieras siendo partícipe de una situación emotiva y muy significativa. Pero, ¿podrías decirme dónde estabas el día 11 de septiembre de 2001 a eso de las 15:00 horas? Seguro que sí. Seguro que podrías indicar exactamente qué estabas haciendo, dónde te encontrabas, con quién y algún que otro detalle. Pero, ¿estás seguro de ello? ¿Totalmente seguro?

A partir de los sucesos del 11S, y sobre todo después de que con el tiempo, y a partir de sucesos de la magnitud de los acontecidos esa mañana en New York, la aseveración de que todos podríamos recordar con especial lucidez y precisión un acontecimiento de forma inequívoca y veraz si éste era lo suficientemente emotivo y significativo gozara de gran solidez, a partir de todo esto, se comenzó a estudiar la memoria desde una nueva perspectiva, lejos de la que se había estudiado hasta el momento. Hasta ahora se habían estudiado los procesos de consolidación y recuperación de la memoria y la pérdida de ésta, el olvido, debido a procesos degenerativos como la edad o algunas enfermedades neurológicas como el Alzheimer. Los recuerdos no son fijos e inalterables, aun cuando tengamos una imagen vívida en nuestro cerebro de un suceso determinado.

Cuando evocamos un recuerdo lo hacemos desde una determinada perspectiva, en función de características que tienen que ver con el instante exacto de la evocación de ese mismo recuerdo. El recuerdo se “extrae” de nuestra memoria, se hace presente de una determinada forma, en función, por ejemplo, del estado anímico del momento, de la situación y el contexto en el que nos encontramos en ese preciso momento y, posteriormente, se vuelve a almacenar en nuestra memoria a largo plazo; pero esta vez los detalles del recuerdo se almacenarán según lo hemos evocado. Es decir, cada vez que recordamos un suceso o un evento lo moldeamos según el contexto y el estado anímico presentes en el instante de la evocación y éste, el recuerdo, se vuelve a almacenar de esta nueva manera, modificado sutilmente, moldeado a “nuestro antojo”.

Elizabeth Loftus, una científica que dedicó largo tiempo de su vida al estudio de los recuerdos falsos, realizó un experimento tras un penoso incidente que ocurrió en una escuela.

Un adolescente entra armado en un colegio de Estados Unidos y el patio del mismo comienza a disparar a escolares indiscriminadamente, matando a decenas de ellos. Tras el fatal accidente se recogen los testimonios acerca del suceso de los allí presentes y las narraciones quedan archivadas para la investigación. Estas narraciones se utilizaron para comprobar la vulnerabilidad de los recuerdos y cómo estos eran modificados con el paso del tiempo. Lo recuerdos no son fiables, pues los modificamos a cada instante, con cada evocación del mismo.

Cuando, después de los años, se les preguntó a los testigos que aquella tarde narraron el suceso para que la policía realizara la investigación del trágico incidente, por lo que allí aconteció, Loftus descubrió que lo que los testigos recordaban nada tenía que ver con lo que ellos mismos contaron a la policía aquella tarde. Lo sorprendente es que algunos contaban haber presenciado el incidente, cuando la versión que dieron aquel día es que oyeron los disparos desde dentro del edificio. El paso del tiempo hace que el recuerdo pierda sustancia, que los detalles se pierdan, se esfumen en algún rincón de nuestro cerebro, y éste, en pos de nuestra comodidad, buscando siempre la congruencia y la continuidad, rellena los huecos de la forma que más nos conviene para mantener un ideal acorde con nuestro sistema de creencias como en el ejemplo que a continuación detallo.

Conocí a J. hace unos cinco años en un sector de escalada. Supongo que hacía calor, o eso “creo” recordar. Ese día había bastante gente en "El Corral" (nombre de esa zona de escalada deportiva de la Sierra de Grazalema, Cádiz), y allí, junto a mí, se encontraba J., una chica delgada con una sonrisa bastante divertida. Yo llevaba por entonces diez años escalando, J. tan solo uno. Nuestro primer encuentro en la vida comenzó con un intercambio de impresiones sobre la correcta colocación de un dispositivo de seguridad que se utiliza en escalada. Yo decía una cosa, ella decía otra. Cada cual con sus argumentos, seguro de sí mimo.

Ayer J. y yo hablamos, por primera vez en estos cinco años, de aquel momento. Fue increíble cómo cada uno de nosotros recordaba aquel instante. La versión de J. es que yo, con aires de prepotente, “chulito” y osado, le dije que el dispositivo de seguridad estaba mal colocado. Mi versión, cultivad en estos años es que me dirigí a ella con estas palabras: “Perdona, creo que el Cinch (así se llama el aparato en cuestión) está mal colocado”. El intercambio de opiniones fue absurdo, pues ambos teníamos razón y el aparato se podía utilizar de cada una de las dos formas a la que nos aferrábamos con uñas y dientes.

Es cierto que estábamos allí, que intercambiamos impresiones sobre la colocación del Cinch. Del mismo modo, es cierto que ambos nos fuimos de allí pensando que el otro era un arrogante y un desconsiderado, pero los detalles…. Los detalles se esfuman con el tiempo pues son, generalmente, sesgados por nuestros sistemas de creencias, por el contexto, por nuestro estado de ánimo en el momento preciso del suceso y por cada una de las veces que hemos evocado esa situación determinada, ya sea contándoselo a un amigo o simplemente rememorándolo inconscientemente cada vez que J. y yo nos hemos ido encontrando en estos cinco años. ¿Quizás J. piense hoy que fui un prepotente, más de lo que pudiera haber sido, debido a que ella me ha visto como tal en posteriores situaciones? Quien sabe. Lo que sí es cierto es que ayer J. y yo echamos unas risas y que, seguramente, a partir de la conversación de ayer, nuestro recuerdo de aquella tarde se altere de alguna u otra forma.

*

Dos ejemplos de cómo nuestro cerebro construye nuestro mundo, nuestra realidad. ¿Cómo es el mundo realmente? ¿Como lo percibimos o tiene una realidad intrínseca? ¿Es realmente ese rojo tal como yo lo percibo? ¿Acaso existe el rojo? ¿Quizás esa es la razón de que tú veas ese coche amarillo y yo verde? Si nuestros recuerdos no son tal y como creemos, si nuestro cerebro “rellena” los vacíos de nuestra visión, de nuestra memoria, si nuestro cerebro, a fin de cuentas, construye la realidad, ¿por qué la inflexibilidad de pensamiento, las mentes cuadriculadas, los sesgos confirmatorios, la falta de pensamiento crítico y, a consecuencia de éste, la falta de pensamiento creativo?

“La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. En los momentos de crisis la imaginación es más importante que el conocimiento.
Albert Einstein”

Para tener una mente creativa hace falta disponer de un pensamiento crítico, y para poseer un pensamiento crítico hace falta tener una mente reflexiva, capaz de flexibilizar ideas, de objetivar, de observar el mundo desde diferentes perspectivas y ser capaces de tener en cuenta los mecanismos de los que dispone nuestro cerebro para economizar energía, optimizar recursos y hacernos la vida más “fácil”. Es en la educación donde se transmite la inquietud de conocimiento, y es en mentes educadas donde se sucede la posibilidad, por ese afán de conocimiento, de flexibilizar ideas y de incidir en la objetividad en pos de acercarnos lo más posible a una realidad que siempre va a estar sesgada; y ahí es donde radica una mente inteligente, en la capacidad de soslayar cada uno de los sesgos, de percibir y comprender que al igual no nos creemos todo aquello que leemos, vemos u oímos, no es cierto todo lo que nuestro cerebro nos dicta, pues este construye un modelo de realidad en pos de optimizar recursos, como hemos dicho antes. Educación para fomentar las ganas de adquirir conocimientos, para enriquecer nuestras mentes, y así se hacen flexibles, moldeables a lo nuevo, engrasándose ésta, enriqueciéndose, permitiéndose crecer, salir del mundo subjetivo donde nuestro cerebro quiere llevarla. Así conseguiremos un pensamiento crítico que, posteriormente, tendrá la capacidad de ser creativo, esto es, tener la capacidad de enfrentarse a la resolución de problemas de una forma eficaz y madura y solvente.

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A mediados del siglo pasado, Leo Festinger, postuló la teoría de La Disonancia Cognitiva. Ésta afirma que cada vez que existe una incongruencia entre nuestros sistemas de creencias y nuestras conductas se crea en nosotros un estado de incomodidad que nuestro cerebro tratará de elucidar. No estamos preparados para vivir con incongruencias. Ante éstas, y en pos de la búsqueda de armonía y  concordancia, podemos utilizar dos mecanismos: la racionalización o la revisión.

La racionalización, unos de los mecanismos de defensa propuesto por Freud a principios de siglo pasado, es un mecanismo por el cual el individuo argumenta y justifica sus acciones de tal forma que erradique la incongruencia a la que hacíamos mención. Es decir, ante la incongruencia entre lo que cree , entre sus ideales, y lo que hace no cambia su sistema de creencia, sino que justifica, excusa, su conducta, creyéndosela (esto es importante), para así mantener intacto su sistema de creencias. Festinger se introdujo en una secta en la que tenían la fiel creencia de que un día determinado de noviembre de ese año acabaría el mundo. Todo comenzaría a las 00:00 horas de ese día con unas lluvias torrenciales, la primera señal del apocalipsis. El bueno de Leo tenía curiosidad por saber qué argumentarían cuando nada ocurriera esa noche. ¿Racionalizarían o revisarían sus creencias? Cuando Festinger, y todos los medios de comunicación que allí se dieron cita, preguntaron a los integrantes de la secta sobre lo que había, o mas bien no había ocurrido, quedó sorprendido: “Dios nos ha salvado, ha salvado a la humanidad, nos ha perdonado, gracias a nuestros rezos y nuestra entrega”.

La revisión, es una evaluación de nuestros sistemas de creencias. Redirigirla, modificarla si es preciso cuando se dispone de argumentos suficientes que refutan la creencia actual. Los miembros de la secta, al ver que no había ocurrido nada de lo que se vaticinaba, podrían haber dejado de creer.

La racionalización es una excusa, vaga pero inconsciente, por lo que puede llegar a fortalecerse, sobre todo cuando está en juego nuestro sistema de creencia, sobre una conducta que no es consonante con nuestra creencias. La revisión, por el contrario, requiere humildad, un pensamiento crítico, la intención de mejorar, de acercarte más a la realidad, a la subjetiva objetividad de un mundo que está alterado por un cerebro cómodo, aunque al miso tiempo moldeable. De nosotros depende como modularlo y afinarlo, aunque cuanto más nos aferramos a nuestras creencias más difícil es darle forma, hacerlo flexible. Por eso la importancia de que sea en los primeros años de vida cuando tratemos de formar individuos flexibles, críticos y creativos y, por ende, resolutivos, ambiciosos, con opinión, con criterio y con la capacidad intrínseca y cultivada de afrontar las crisis venideras.

Como hemos visto en los ejemplos de la visión y la memoria, nuestro cerebro crea nuestra realidad, nuestro mundo, y la percepción que de él tenemos. Quizás cada uno nos creamos nuestra verdad, pero quizás también exista una realidad, algo “subjetivamente” más objetivo, una visión más genérica y global sobre una idea. También hemos visto los mecanismos que tratan de modificar nuestros sistemas de creencias o nuestras conductas para que exista una armonía y una concordancia entre ambas. Pero para todo ello, para posicionarte alá donde quieras, pues de ti depende, ahora sabes cuales son las condiciones necesarias si quieres posicionarte en el lado que creas correcto. Una mente flexible, un pensamiento crítico te llevarán a poseer una mente creativa.


Rompiendo una lanza a favor de Descartes, y su concepción (nada compartida por la ciencia actual pero que he querido utilizar aquí de forma metafórica) distintiva entre cuerpo y mente, tu cerebro crea tu realidad, pero tú eres quien decides en qué lugar de esa realidad permanecer.

lunes, 10 de agosto de 2015

Evolución: altruismo y egoísmo en la era de internet y las redes sociales

Como dormir y soñar, como comer y reír, como llorar; si nuestro organismo lo hace es porque adquirió importancia evolutiva. Los recursos son limitados; por tanto, nuestro organismo, impulsado por nuestro cerebro, no realiza ninguna acción sin significación evolutiva, para permitirnos adaptarnos de la mejor forma a nuestro medio ambiente, garantizando así nuestra supervivencia.

De esta forma surgió, entre otras muchas cosas, la cooperación, el altruismo recíproco, la acción de ayudar al prójimo porque de esta forma garantizamos, o eso creemos, que vamos a recibir el mismo trato cuando lo necesitemos. Hasta Buda así lo dijo, el altruismo puro no existe, porque aunque no se espere nada a cambio de la otra persona sí que esperamos sentirnos bien con nosotros mismos. Realizo una buena acción porque espero sentirme moralmente bien una vez realizada ésta. Un ejemplo muy claro es el que nos puso un profesor de psicología social en mi primer año de carrera. Estás en el autobús, no quedan asientos libres y tú estás ocupando uno. Entra una mujer embarazada y le ofreces tu asiento. Ella lo acepta, pero no te das las gracias. Te quedas molesto. “Hay que ver que no me ha dado ni las gracias”. Esperabas esa gratificación por su parte, esperabas algo a cambio (y por lo menos esperabas sentirte bien moralmente).

El altruismo, y la cooperación entre iguales, e incluso entre miembros de diferentes especies, surgió de forma evolutiva. Éramos más capaces si uníamos nuestras fuerzas para cazar un mamut, eso garantizaba o facilitaba, cuanto menos, nuestra supervivencia. Si yo hoy te ayudo a ti, quizás mañana tú estés para cuando te pueda necesitar. "Todo" es evolutivo. Numerosos estudios revelan, por ejemplo, que las mujeres son más capaces de desconectar su cerebro durante la cópula que los hombres. Esto es porque el hombre necesitaba permanecer más atento en caso que, mientras realizaban el acto sexual, un depredador irrumpiera en el lecho amoroso de cualquier caverna “de carretera”. Como el miedo, como el enamoramiento, como el asco, como el sudor que humedece tus manos cuando te enfrentas a algún peligro, "todo" es evolutivo. Si nuestro organismo lo hace es porque tiene un significado, de cualquier otra forma no invertiría recursos energéticos en ninguna de sus acciones.

Debemos asumir esta idea, la idea de que todas las conductas que realiza nuestro organismo tienen un significado evolutivo y que todos los cambios se originaron para garantizar nuestra supervivencia en un mundo lleno de peligros. Seguramente Lucy, “La Madre Ancestral de la Humanidad” caminaba ya erguida porque “descubrieron” que podían disponer de otra fuente de alimentación diferente a la que encontraban en los árboles que, seguramente, comenzaron a escasear. Ese fue el primer paso, bipedismo para buscar alimento y trepar (aunque no tan elegantemente como sus predecesores) a los árboles para estar seguros.

Volviendo ahora al concepto de altruismo cabe plantearse una pregunta, ¿somos altruistas o egoístas por naturaleza? Algunas teorías, como la de la “Tabula Rasa”, popularizada por el filósofo inglés John Locke, se decantan por una mente que nace limpia e inmaculada, sin reductos del pasado, totalmente virgen y que se estructura tras el nacimiento con cada una de las experiencias a las que el individuo es sometido a lo largo de su vida. Pero estas teorías empiristas no dejan de presentarnos una visión un tanto romántica de lo que realmente somos, ya que nos dispone de la libertad más absoluta para definirnos como individuos, como personas. No podemos negar que el ambiente nos conforma en mayor medida (La educación, el entorno social, la familia, los amigos y todas y cada una de las experiencias vividas son la que nos dotan de una carácter, de una representación fidedigna de nuestra idiosincrasia). Sin embargo, no podemos omitir que atrás dejamos un pasado, una memoria evolutiva; como los recuerdos que conforman nuestra memoria individual y que nos hacen hoy ser las personas que somos. Al igual que, como individuos, careceríamos de identidad propia sin los recuerdos de nuestra vida pasada, no seríamos, como especie, la raza “superior” que hoy presumimos ser si ignorásemos la historia de la evolución. Sin la más mínima intención de polemizar sobre las creencias de las personas sobre el origen de nuestra especie, de nuestro mundo o de lo que nos espera tras nuestro último soplo de aire, creo que sería absurdo obviar algo con tanta solidez como el carácter evolutivo de las especies en pos de teorías divinas sin fundamentos, lo cual no quiere decir que no pudieran ser ciertas.  Pero soslayar y eludir el hecho de que procedemos de un pasado evolutivo me parece un pensamiento arcaico, poco crítico y de inflexibilidad mental, pues solo haría falta echar un vistazo a trabajos como los de Steven Pinker y otros biólogos evolutivos para darnos cuenta de que disponemos de un pasado filogenético y ontogenético.

El altruismo fue evolutivo porque era mejor que ser egoísta.

La ciencia del cerebro o neurociencia (cada vez menos gracias a Dios, o a la evolución) ha utilizado los cerebros de animales para trasladar los conocimientos adquiridos a través de éstos a la especie humana. Los más utilizados, los de ratas (supongo por la relación inversa entre el parecido de sus cerebros y la característica de especie “repugnante” que se les ha otorgado desde siempre a estos simpáticos animalillos). Pareciera que es más ético sacrificar el cerebro de una rata en pos de la ciencia que el de un chimpancé, como si una vida valiese más que otra. Claro que sería tosco negar la importancia y relevancia que ha tenido el estudio de los cerebros de animales para comprender las causas del comportamiento humano y, por ende, la posibilidad de salvar muchas vidas. En cualquier caso, no quiero crear un debate acerca de la experimentación animal, sino enfatizar el hecho de que somos, nuestro cerebros son, mucho más parecidos al de cualquier otro mamífero del reino animal de lo que podamos imaginar. De hecho, en mucha bibliografía podemos encontrar 3 subdivisiones de nuestro cerebro. El primero, el cerebro reptiliano, el tronco encefálico, encargado de las funciones vitales de nuestro organismo tales como respiración, ritmo cardíaco, etc. El segundo, el cerebro mamífero o emocional, con nuestro sistema límbico y todo el conjunto de emociones del que disponemos. El tercero, el cerebro racional, la parte pensante, el cerebro ejecutivo y evaluador, la corteza o neocorteza. Y es esta última subdivisión, el cerebro racional, la que nos diferencia, “con diferencia”, del resto de los mamíferos. La capacidad de evaluar las acciones, de tomar las decisiones, la consciencia y, como no, el habla, son el legado que esta diferenciación cerebral nos ha dejado y la que nos hace tan distintos al resto de seres vivos.

Recuerdo cuando asistí, inmóvil y horrorizado (todo hay que decirlo) a uno de los muchos partos de una perra caniche que tuve hace años, Tuitti. Lo que más me impresionó no fue el instinto maternal de Tuitti y cómo ésta, sin emitir sonido alguno, dio a luz a ocho cachorros, los lamió hasta dejarlos relucientes y se comía la placenta, sino cómo los cachorros se peleaban entre ellos por asir un pezón de Tuitti y poder así alimentarse. Mientras unos engordaban por días otros murieron. La analogía con los seres humanos es perfecta si observamos el comportamiento de un bebé humano. Al margen de las carencias individuales de las que disponemos tras ser dados a luz, si observamos el comportamiento de un bebé, e incluso el de un niño en sus primeros años de infancia, nos podemos dar cuenta del sustrato egoísta con el que venimos al mundo (y es algo normal porque todo lo que hace nuestro organismo, incluso nuestras conductas en los primeros momentos de vida,  lo hace a favor de nuestra adaptación y supervivencia). A partir de ahí, la educación recibida por los padres y la sociedad en general son los encargados de minimizar ese egoísmo innato con el que nacemos e ir inculcando en el niño el altruismo y la generosidad para adecuarlo a un estilo de vida altruista, cooperativo, empático y afable. Pero no porque nazcamos con estas características, sino porque son miles de años de evolución los que nos ha enseñado que si hoy yo te ayudo a ti, tú estarás ahí disponible cuando a mí me haga falta en el futuro.

Ahora bien, ¿qué puede estar pasando en las sociedades actuales? ¿por qué se ven conductas tan sorprendentemente egoístas en las civilizaciones de ahora? ¿Por qué un hombre tirado en una acera (esto se hizo en un experimento social en Alemania) en una calle llena de transeúntes debe esperar 15 minutos hasta que alguien pare a prestarle ayuda?

Antes debíamos alimentarnos cazando un mamut, o debíamos excavar una cueva para poder estar a salvo de depredadores, y para elle necesitábamos ayuda. Yo te ayudaba a ti y tú a mí, y así nos beneficiábamos los dos. ¿Podría ahora estar ocurriendo un cambio? Nunca antes en la historia de la humanidad los cambios y el “progreso” habían ocurrido a tal velocidad. Los cambios en la comunicación y, por ende, en las relaciones sociales están sufriendo un deterioro significativo en los comportamientos interpersonales. En la era de la comunicación estamos más desconectados que nunca; si no del mundo, de las personas. Quizás esa proximidad física que estamos perdiendo sea necesaria para enfatizar y producir ese carácter empático (quizás no, seguro) que poco a poco podría estar desapareciendo (ayer sin más me llegó un vídeo de media hora de peleas callejeras. Lo sorprendente no es el hecho de que existan peleas callejeras, sino que hay gente dispuestas a grabarlas en lugar de parar la pelea, a editar las imágenes y  distribuirlas por las redes sociales). Quizás la capacidad y disponibilidad de conseguir “el mamut” de forma individual, desde casa, con un clic, esté produciendo ese cambio que va desde el altruismo, sea recíproco o de cualquier otra forma, hacia un pensamiento más egoísta, alimentado éste, cómo no, por una sociedad competitiva e individualizada. En cualquier caso, todo esto son especulaciones que espero nos  hagan reflexionar hacia dónde nos dirigimos y hacia dónde dirigiremos las generaciones futuras...

Miedo me da cuando las consecuencias de esta forma de vida se manifiesten….